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15 agosto 2013 4 15 /08 /agosto /2013 17:00

 

Dos muchachas solas van,

bajo el sol de agosto espeso,

bajo el cielo, en plena tarde.

Todo el mundo las señala,...

¡pero se les ve felices!.

  

-¿Será posible sea cierto

lo que en el pueblo se dice?

  

-¿Qué dicen “lenguas de víboras”

de esas pobres infelices?

  

-¡Que nadie vaya a su casa

porque trae mala suerte!

Dicen que siempre ese sitio

ha sido un lugar de muerte...

Un palacete precioso

que anduvo  deshabitado,

en las afueras del pueblo,

dicen que se han alquilado.

Nadie les habla, ¡ni adiós!,

porque viven en pecado.


- ¡Madre del amor hermoso!

¡Cuánto bicho deslenguado!

  

-Dicen que tiene fantasmas

esa casa estrafalaria.

  

-¡¡¿Fantasmas?!! Debía tenerlos

y que a los dueños arrastraran

si existieran los espíritus

y toas esas cosas raras.

  

-Madre, no diga usted eso,

que no vayan a escucharla.

  

-Pero puen estar tranquilos

porque por suerte para ellos

esas cosas son mentiras

que, a veces, inventa el pueblo.

La verdad de la cuestión

es que en un tiempo, allá lejos,

los que tienen esa casa

mataron, un día, a sus dueños.

Les acusaron de rojos

y de no ser “patrioteros”.

Los mandaron fusilar

y la quedaron para ellos.

Luego la conciencia manda

y nunca vivieron dentro.

Y quisieron alquilarla,

pero la gente del pueblo

hablaba ya de fantasmas,

como excusa y por respeto

por la vergüenza torera

que se les debe a los muertos.

  

-Y estas pobres muchachas

venidas desde allá lejos

la encontraron muy barata

y por eso viven dentro.

 

-Y están sembrando de amor

un territorio desierto.

 

Una es de rubio platino,

la otra de pelo moreno

con lindos tirabuzones

y grandes ojazos negros.

Ningún hombre las visita,

juntas siempre van al pueblo

cogidas por la cintura

y miradas de ojos tiernos.

Hablando siempre entre ellas

se les ve siempre riendo.

Irradian felicidad

y las comadres del pueblo

dicen al verlas pasar

que en pecado están viviendo.


-¡Ahí van esas machorras!

afirman ya con desprecio.

 

Hacen ellas oídos sordos,

porque les importa un bledo

lo que las cuatro amargadas

vayan diciendo en el pueblo.

 

Trabajan desde su casa

con Internet y teléfono

a varias empresas grandes

les llevan el papeleo.

 

Pasaron por el juzgado

a ser pareja de hecho,

una con vestido largo

de blanco nardo campero;

la otra llevó pantalones

color de jazmines nuevos

y camisa con chaqueta

blancas con encajes nuevos.

Vinieron gente a la boda

pero ninguno del pueblo...

 

-¡¡Niña, ¿sabes lo que digo?!!:

Prepárame unas naranjas

y el canastillo de huevos

que yo voy a visitarlas

porque quiero y porque puedo,

que a mí no me da la gana

que me quiten el deseo

de tratar como personas

a dos corazones buenos.

Si critican, que critiquen,

que yo sabré responderlo.

 

 

Autor: Pedro Jesús Cortés Zafra.

 

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