En este Blog, Pedro Jesús Cortés Zafra acumula sus artículos y otros escritos. Mediante ellos pretende expresar sentimientos y pensamientos enredando palabras.
Con andares que parece llevar los zapatos de otro, aparece, limpiándose el rime de sus pestañas, a la carrera... Que a la hora, de levantarse su madre, quiere estar en casa, como cada mañana. Viene de incendiar la noche trás un “payaso” con gruesa cartera que quería apagar la pira de su entraña, buscando el placer en los oscuros carriles de la muerte nocturna. Cada amanecer la persona “normal” resurge. Al mirarse en el espejo, a veces, siente deseos de escupir su propio cuerpo. Su corazón es tan enorme que abarca toda mentira, la envuelve e impide verla. Cada mañana recuerda cómo empezó todo, cuando se perdió en el ramaje del bosque, buscando plantas y raíces para llevar algo nutritivo a las hambrientas bocas de sus hermanas y fue violado, por el cacique de su pueblo, que le dejó su cuerpo destrozado, su alma herida de por siempre y un billete de mil pesetas con el que pudieron vivir holgadamente durante unos meses. Luego fue él quien lo buscó. Enredaba madrugadas con sabor a escarcha. Pero no era real, para sus adentros. Quería creer que se trataba de un cuento escrito a la luz de la luna. En la estela del cisne que dibujó melodía de pieles. No pensaba, volaba como ala de velero formada por las orgásmicas sábanas del rico de turno. Su alma navegaba por el templo de dulzura de los charcos... El derroche de los ángeles que en salvaje pasión desclavada de la realidad iba saqueando, lengua a lengua, el armario de los dulces momentos de la humedad de la carne. Remontando el vuelo. Poblada de todos su alma. Sus cometas y aromas ahora eran de plomo. Como si nada, amanecía junto a su anciana madre. Los pájaros, de pronto, ahora callan. La impronta de su cuerpo no es ahora de fiesta, sino perdido. Bebe. Cualquier cosa, con tal de que sea fuerte. Con tal de que borre poco a poco, en la mañana, el trajín de la noche. Desde desinfectante hacia arriba,... algo que tenga alcohol. Su memoria sigue poblada de invisibles heridas que, en la ciudad vecina, cada canción le abraza antes de irse a dormir. A través de los años, se convirtió en rutina y la bruma de la noche lo hizo un robot fascinado por ser una bailarina de caja de música. Su espíritu, que creía liberaría así, al afrontar de ese modo su homosexualidad, no estaba ahora liberto sino vencido.